Imagínate ver por primera vez a una persona y sentir algo: un cosquilleo extraño, un dulce escalofrío, un soplo de aire fresco que te acaricia la nuca. Quedarte sin palabras, entre la timidez y el silencio. Un placer incomprensible que se instala de repente en ti. Una mirada que seduce, involuntariamente, sin siquiera pretenderlo. La felicidad cobrando vida propia, caminando por sí sola, iluminando todo aquello con lo que se cruza.
Supongo que, como todo en la vida, hay muchas cosas que no elegimos y sobre las que ni siquiera tenemos la oportunidad de estar de acuerdo o no. Simplemente ocurren… y nos marcan, quizá para siempre, en la mayoría de los casos.
16 de julio, allí estabas… sin buscarte, te encontré, amor de mi vida.
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