No me preguntas si estoy lista.
Lo sabes.
Tu mirada baja la mía
y mi cuerpo obedece
antes de que lo ordenes.
Hay algo en tu voz
que no pide permiso,
que toma,
que guía,
que me hace arder
solo por escucharla.
Cuando te acercas
todo en mí se aquieta
para recibirte.
No porque me sometas,
sino porque te elijo.
Y en esa elección
me entrego completa.
Me dominas sin tocarme.
Con presencia.
Con intención.
Con esa calma peligrosa
de quien sabe exactamente
lo que provoca.
Me sostienes
mientras me pierdo.
Me llevas
mientras dejo de pensar.
Y yo feliz
de dejarte el control,
de sentirme deseada,
reclamada,
segura en tus manos.
Cuando me dices mía
no es posesión:
es pertenencia mutua.
Es saber que ahí,
en ese espacio entre nosotros,
puedo rendirme
sin miedo
y sin límites.
Amo cómo me miras
cuando sabes que me tienes.
Amo cómo me guías
hasta ese punto
donde el placer se vuelve silencio
y solo existes tú.
Hazme tuya
con firmeza,
con deseo,
con esa dominancia
que no lastima
sino que despierta.
Aquí estoy.
Abierta.
Encendida.
Esperando tu orden.
No te voy a pedir que vengas.
Sabes que cuando te pienso así,
ya te estoy llamando.
Mi cuerpo está en ese punto
donde la espera se vuelve provocación
y el deseo deja de ser sutil.
Imagina cruzar la puerta
y encontrarme mirándote
como quien sabe
que va a ser tomada sin dudas
y disfrutada sin prisa.
No vengas corriendo.
Ven decidido.
Porque cuando llegues,
no voy a decir una palabra…
y aun así vas a saber
exactamente
qué hacer conmigo.


No hay comentarios.:
Publicar un comentario